Incongruentes perversiones

el
Yacía la gente arremolinándose en la plaza. El cabello: largo y sucio. La ropa: desgastada por la decidia. El corazón: despostillado por la ignorancia. El espíritu: esperanzado con la rebeldía. Una rebeldía que quizá vivía agonizante y de repente, glamorosa, olvidaba de donde venía.
No era un grito, ni siquiera un murmullo. Sólo voces perdidas. Desencajadas. El eco de un dolor, nacido antes de que tuvieran memoria. Voces revoltosas que no sabían porque se revolvían. Las banderas rojas, ondeaban, ya sin razón, tratando de revivir una maldita represión que sus mentes estúpidas no conocían. De ahí viene la incongruencia: rebeldes que idolatran la crueldad de la que escapan. Y así, pervirtieron una idea que alguna vez fue buena. La idea se volvió decadente y sin energía. Pervertida por ellos mismos. Pervertida por el instinto de supervivencia de la naturaleza humana
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