El Maratón de Boston

El maratón de Boston puede sonar como cualquier otro. Pero para los corredores de distancia, no, Boston es la última frontera. Llegar a la meta de salida representa haberse probado a sí mismo y al mundo que formas parte del pequeño porcentaje de personas que pueden correr 42 kilómetros en un tiempo record. Ningún otro maratón en el mundo tiene la historia y el encanto de Boston, ni si quiera las olimpiadas. Y parte de su encanto es una altimetría rudísima, y una porra inigualable.

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Listo para sorprender a Boston

Desde que “corrí” mi primer maratón y H empezó a entrenar para los suyos, hemos visto a muchos amigos y amigas entrenar duro para calificar. La fiebre por Boston es indescriptible. Cada primavera, las revistas del deporte dedican mucho de su espacio, como no lo hacen para ningún otro evento, para contarnos de los atletas, las anécdotas y la historia de la carrera. La red también es testigo de innumerables corredores convertidos en blogueros que documentan la travesía desde sus primeros cinco kilómetros hasta su llegada triunfal a Copley Square. Y a mí me encanta leer todos estos artículos en ratos de ocio. Cuando H me dijo que Alan correría Boston este año y que fuéramos a echarle porras, no lo pensé dos veces y compré boletos para lo que prometía ser una pequeña gran vacación. Y así fue, con excepción de lo que ya todos sabemos, y de lo que no quiero escribir porque se me encoge el corazón nada más de pensar en eso.

El viaje fue una mezcla de turismo, estar con buenos amigos recordando los viejos tiempos (sí, nos reímos de todas las frases celebres del equipo de atletismo), ir a todos los eventos del maratón, y comer pasta sin parar, aunque nosotros no fuéramos a necesitar los carbohidratos después. Empezamos con la expo, en dónde se recoge el paquete con la playera oficial y el número, y en dónde, sin exagerar, hay cientos de puestitos que venden todo lo que un corredor puede llegar a necesitar o imaginar. La expo también reúne a corredores profesionales y autores con los que todo mundo quiere hablar y tomarse fotografías. Vimos a Kara Goucher, Shalane Flanagan, Desiree Davila, Ryan Hall y platicamos con Dean Karnazes y Katheryn Switzer.

¡Me dio emoción ver a Katheryn Switzer y platicar con ella!  Justo hace un par de meses vi su historia en el  documental de Makers, mujeres que hacen América. Katheryn fue la primera mujer en registrarse oficialmente al maratón de Boston y correrlo, muy a pesar del director de la carrera, quién intento sacarla a jalones de la ruta. No es noticia que en esa época (1967, no hace tanto tiempo) se creía que las mujeres no podían correr distancias largas. Por suerte, no faltaron mujeres fuertes y determinadas como Katheryn que demostraron lo contrario y que nos abrieron las puertas a las que llegamos después. En nuestra plática apresurada le dije a Katheryn que había visto el documental y que me daba gusto conocerla. Ella me contó de su incesante lucha por crear espacios para que las mujeres corran, incluyendo en el maratón olímpico en 1984 y las carreras de Avon, tan populares en México cuando yo empecé a correr. Katheryn se robó mi corazón porque además de corredora y feminista, también es escritora. Así que su memoria ya está en la lista de libros que leer este verano.

El lunes del maratón fuimos al tan famoso túnel de los gritos en Wellesley, cerca de dónde viven nuestros amigos Alonso y Mariana. El túnel de los gritos es sin duda uno de los tramos más populares y recordados de la carrera. Mientras esperábamos a que pasara Alan, vimos corredores con sus cámaras en alto tratando de grabar las porras y gritos de las chicas Wellesley, qué, según dicen, se escuchan desde kilómetros antes. Min me ha contado que salir a echar porras el lunes del maratón es todo un rito de iniciación y una de las tradiciones favoritas de la escuela. La tradición cobró impulso en la década de 1970 cuando las mujeres fueron finalmente aceptadas a participar en la carrera. En este tramo los corredores también extienden su mano para saludar a los espectadores y llenarse de energía para las tres subidas mortales que encontraran en la segunda mitad del recorrido, incluyendo la que les romperá el corazón (también conocida como heartbreak hill). Las subidas de la segunda mitad tienen tan mala reputación porque además del reto de subirlas (después de ya varios kilómetros), los corredores también se encuentran en el punto en el que están por “golpear la pared” o acabarse sus reservas de glucógeno… haciéndolas el tramo más amargo de los 42 kilómetros.

Echamos muchas porras, y gritamos hasta quedarnos roncos. H llevó su máscara de luchador, una bandera de México y una matraca que hacía un ruidazo. Tantos accesorios le sacaron muchas risas y miradas de sorpresa a los maratonistas, sobre todo a los mexicanos, quienes apreciaban la porra y la bandera con el doble de ganas. Alan pasó volando, iba corriendo con muchísima fuerza y llegó al kilómetro 20 en una hora con veintiún minutos. Del kilómetro 20 nos fuimos a la meta de llegada, dónde estaba repleto de gente y era toda una fiesta recibiendo a los corredores que cumplían su sueño. Alan dijo que sí, que Boston era como se lo habían contado, las subidas habían sido muy difíciles y el recorrido desafiante, pero habían sido 42 kilómetros de pura adrenalina en los que el corazón había sido el músculo que más había jalado, 42 kilómetros en los que cada centímetro había habido espectadores, música, comida, y porras.

La ciudad y el maratón se complementan bien. El lugar es muy bonito, con sus casitas altas y delgadas, una tras otra, típicas del noreste de Estados Unidos (como en DC), pero con edificios modernos y extravagantes (como los dormitorios del MIT). Con lugares históricos, estatuas, universidades, jardines y gente amable con mucho orgullo por el pasado. Todavía se sentía frío, y los árboles apenas empezaban a florear cuando fuimos. Me recordó a Montreal. Me gustó regresar a Boston. Espero pronto volver a comer un rol de langosta y pasear por el puerto tomando fotos del mar y el atardecer. Me gustó pasar tiempo con amigos que me acercan a México y a los días en los que todo era posible, y más que nada, me gustó mucho estar en Boston y compartir los sueños del maratón con H.

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. PriscilaW. dice:

    lloré un poquito…

  2. JC Santibanez dice:

    Tarde en entender quien es H… jaja

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