Pequeños Recuerdos: La Toronja

El otro día me compré una toronja. La partí a la mitad y luego rebané cada gajo para poder sacar cada uno con la cucharita y comérmelos. Entonces pensé en Pat. Me acordé del día que bajé a desayunar y vi una toronja en la mesa, a la mitad, cada gajo rebanado. La casa olía a madera vieja, como huelen las casas en el norte, y el sol llenaba la cocina. Pensé que tendría hambre después. Qué extraño desayuno: una toronja. Mientras partía mi toronja pensé en escribirle a Pat—cuando tuviera tiempo. Los años y la distancia se habían hecho más cortos. Ya éramos “amigas de Facebook.”

Hace un par de semanas, le escribí. Le dije de la toronja, qué me acuerdo de ella cuándo las como. Cuándo las parto. Qué me acuerdo de ella con cariño.

“—Me hiciste reír cuando mencionaste la toronja porque me acuerdo haberla cortado para ti—dijo ella—es gracioso cómo hay cositas que se nos quedan en el cerebro.” Y sí, cómo hay cosas que se nos quedan en el cerebro para siempre. No se nos olvidan nunca. De ese día han pasado diecinueve años. Cada vez que me como una toronja me acuerdo de ella.

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