Coppenbrügge y Hamelin 

Sí han estado leyendo, ya pueden imaginarse que el chiste local es que pasamos la noche en Coppenbrux. Así nos bromean los alemanes. Llegamos en la noche a Coppenbrügge, la tierra de Dirk. Sus papás ya nos esperaban con una deliciosa cena y la inigualable hospitalidad alemana que me ha tocado conocer. Alguna vez pensé que los alemanes era fríos, duros; porque eso dicen. Pero todo lo contrario. La vida nos ha rodeado de los alemanes más atentos y queridos.
Los papás de Dirk entienden un poquititito de inglés y no lo hablan, así que Christine estuvo ocupada traduciendo para nosotros toda la noche y toda la mañana. Se habló del escándalo de VW, del norte y el sur de Alemania–aparentemente los norteños no quieren a Bavaria–del St. Pauli, de los mexicanos, de la familia en Brasil, de la vida en DC. Después hubo cerveza, pero en vasos pequeños porque los tarros de a litro son tradicionales del sur. Dirk nos enseñó su viejo cuarto, fotos, sus libros y juguetes, que ahora guarda para Awa–su pequeña–y el cuarto de fiestas que ahora es la lavandería. A veces no es necesario entender palabras para comunicarse. La cara de la mamá de Dirk cuando nos vio a todos en su lavandería / ex cuarto de fiestas fue buenísima. Me la imaginé perfectamente diciéndole qué porque estábamos todos ahí, a lado de sus calzones que estaban secándose…ja ja ja.

Me despertó el cantar de los gallos en el jardín–me encanta, recuerdo a Platón y las mañanas de vacaciones de mi niñez–y después a desayunar como verdaderos alemanes: huevos cocidos, pan, salchicha, jamón, queso, tomates, pepinos, y conservas de muchos sabores, mi preferida la de flores de saúco. El papá de Dirk siguió platicandonos aunque no le entendíamos nada y Christine ocupada traduciendo. Hamelin, la pequeña ciudad de la fábula del flautista que encanta a las ratas con el sonido de su flauta para sacarlas de la ciudad está a unos minutos de Coppenbrügge, así que paramos ahí un rato para conocer antes de seguir nuestro viaje a Berlín. Tiene la típica arquitectura alemana con madera en cruz en las fachadas y calles empedradas. Un río la atraviesa y en el fondo pueden verse los árboles que adornan las montañas.

Al final del día llegamos a Berlín. Pasamos directo a la expo de maratón para que los corredores recogieran su paquete, playera, y todo lo que necesitan para su gran día. La expo fue en un antiguo aeropuerto que ahora se usa para grandes convenciones y conciertos.

Yo ya estoy cansadisima de tanto paseo y a estos muchachos todavía les falta un maratón, imagínense. Lo ideal hubiera sido llegar, hacer el maratón, y después el paseo. Pero fue mí culpa. Tengo mucho trabajo en octubre y en mí oficina me dijeron que no, nadie toma vacaciones en octubre, así que ni modo. Sólo espero que les vaya bien. Ya veremos. Sino, he aceptado cargar con la culpa. Ir a la expo del maratón siempre es emocionante. Me acuerdo cuando corrí mí maratón–el primero y el último–y llegué a la expo, fue una sensación increíble; ver a todos los corredores con sus playeras de carreras pasadas y encontrar a otros mexicanos con el mismo reto.  Estaba emocionada y tenía nervios. Intrigada de tiendita en tiendita, conociendo lo último del deporte.  No salimos sin comprar la sudadera del recuerdo. También compré para Awa una mochilita del maratón–es mi persona favorita del momento–llega mañana con su mamá de sus vacaciones en la casa de campo a las afueras de Berlín. Ya quiero verla y darle su regalo.

Ahora sí, cómo dice mi abuelo, ¡estamos en el mero climax!

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