El día después 

El día después del maratón siempre es de descanso, de despertarse tarde y de desayunar rico. H y yo nos quedamos con Awa mientras Lalo y Dirk salieron a hacer unos mandados. Digamos que alguien perdió algo importante y que había que recuperara cómo diera lugar. Ariane, la mamá de Awa, salió de trabajo.
H lava ropa y empaca, yo cuido a Awa, quién ya sabe mi nombre y es lo primero que dice cuando se despierta. El papá feliz, la manda a mi cama y ella llega en pijama con su libro en alemán a que le cuente una historia. Me pongo a inventar lo que se me ocurre. Sé que me entiende cuando le hablo en inglés, pero yo no la entiendo a ella y hace un esfuerzo para decir palabras en inglés. Voy diciendo los colores en inglés y ella los repite.

Pris dice que ya soy adulta porque mis vacaciones incluyen una bebé de dos años y medio que trae a todos de cabeza. Es un torbellino; se baja, se sube, abre, cierra, agarra, tira, habla, llora, grita, tiene hambre, tiene sueño. En situaciones de emergencia, cuando no hay que la tranquilice, le doy mi IPhone que sus papás le tienen prohibido y entonces desea con una ardiente curiosidad. Lo maneja como toda una nativa digital. Ve mis fotos, graba recados de voz, busca los mensajes y aprieta los emoticons, busca YouTube y me pide un vídeo. Borra mis aplicaciones. Agarra la computadora y dice “I working,” qué estás haciendo le pregunto y responde: “email.” Ternurita.

Luego quiero peinarme y arreglarme para salir, pero Awa ha estado intrigada por mi “bolsa de pinturas” desde que llegué; la agarra y ni el teléfono la convence de soltarla. Abré mi rubor y me dice “thank you, thank you” cómo si se lo hubiera regalado, lo quiere para ella y no lo suelta. En lugar de quitárselo y arriesgarme a que llore decido ser una tía “cool” y dejo que juegue con mi sombras. Empieza la sesión de maquilaje. Saca todo lo que hay y pregunta qué es cada cosa, pero ella ya sabe. No sólo se maquilla ella, a mi también. Abre el rímel y me pinta las pestañas con una increíble precisión, y dice “again, again,” y lo vuelve a hacer. Perfume, sombras, rímel, crema, maquillaje, lápiz para cejas, labial. Así de guapas quedamos. Le digo a H que me desaparezca la “bolsa de pinturas” y le empiezo a hacer cosquillas a Awa para que se le olvide y nos entretengamos en otra cosa. Es la una y le toca su siesta. Le caliento la leche y la llevo a la cama. “Estás seguro de que quieres un bebé” le pregunto medió exhausta a H. A mí como que me dan ganas, pero luego me aterro con todo lo que significa cuidar un bebé y decido que aún no es mi momento.


El día después del maratón también fue nuestro último día en Berlín así que en la tarde nos dimos una vuelta por la galería del lado este y la torre de la iglesia medio bombardeada que es famosa por haber sobrevivido a la guerra y ahora, con una moderna iglesia a su lado, es una parada obligada en el itinerario de todos los turistas.

En la noche nos reunimos todos en Clärchens Ballhaus en la calle Auguststrasse. Uno de los lugares favoritos de nuestros amigos. Lorena también viene y nos llena de sus historias, de aquí y de allá, con la elocuencia y fluidez que sólo ella y Fabiana tienen–bueno, mi tío Luis también.

Cenamos rico y bailamos un poco. Yo sólo una canción porque tengo dos pies izquierdos y porque H está cansado. Christine saca su ritmo bavario y le da con todo a la pista de baile. Lleno de cotidianidad pero a la vez no, qué buen día para despedirnos de Berlín, y empezar el regreso a casa.

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