Misión cumplida 

Mi primer puesto de porrista fue el kilómetro seis, cerca del departamento de Meike, en dónde se hospedaba Christine. Para no perderme, para llegar a tiempo y aprovechando que mytaxi (el uber alemán) tenía el 50% de descuento al pagar con la aplicación decidí irme en taxi. Todo bajo control excepto que… de repente el transcurso parecía muy lejano. Christine no pudo haber caminado todo esto la noche anterior. Algo anda mal. Con Google translate, porque el turco no habla inglés, le pregunto qué porqué tan lejos y le enseño el mapa un poco desesperada, apuntando la dirección y a dónde voy. Se suelta a hablar, pero obvio no le entiendo. Me cuenta del uno al cinco con los dedos–eso sí entendí–y sigue hablando. Le muestro la dirección en mi teléfono otra vez pero no se detiene, alejándonos cada vez más de la ciudad. Ya casi las nueve, y el trío tiene planeado pasar por el kilómetro seis un poco antes de las nueve y media.
Mensajeo a Christine otra vez preguntando si la dirección está bien y dice que sí. Le digo que el taxista me lleva quién sabe a dónde. Estoy apunto de llamarle para que ella le explique a dónde tiene que llevarme cuando me manda un mensaje que dice: “dile que en Moabit.” Le digo Moabit luego luego al taxista y por fin entiende. Resulta que hay dos calles con el mismo nombre en Berlín pero en barrios diferentes, convenientemente el turco decide llevarme al barrio casi a las afueras de Berlín. Qué bueno que hay promoción de mitad de precio, sino hubiera pagado una cantidad ridícula de euros.

Llegó al kilómetro siete–cuando veo corredores le digo al taxista que pare y que ahí me quedo, ya luego busco a Christine–y fijo la mirada en el río de personas que viene. El trío está apunto de pasar y me agobia que pasen y no los vea–y que no me vean. Se me olvidó mi cartel y la bandera, pero le echo porras a los mexicanos que pasan. Siempre orgullosos, con camisetas decoradas con su nombre, su país, y la bandera. Un rato después, desde el kilómetro seis Christine reporta que acaban de pasar así que pongo más atención que nunca al río de personas que vienen. Lo bueno es que Lalo mide 1.93 y sobresale en el apretado tumulto de corredores, además, los tres traen la misma playera, misma gorra y short negros–son un equipo y la gente necesita saberlo. Ellos me ven primero y gritan mi nombre. Les sigo el paso desde la banqueta y vitoreo como si estuvieran llegando a la meta. Es apenas el kilómetro siete, se ven frescos y contentos. Cuando se pierden en la distancia regreso al kilómetro seis para encontrarme con Christine y Meike, ahí esperamos a que pase mi amigo Alex y después nos vamos a casa de Meike a ver la llegada de los corredores “élite” en la tele.

La alemana favorita no logra el tiempo para calificar a los Juegos Olímpicos y el favorito para romper el récord mundial–2hrs con 2 minutos–tampoco lo logra por tan sólo dos minutos. Regresará el año que entra, dice, a romper el récord. Ya veremos. La aplicación del maratón me da los splits de mis atletas favoritos para poder seguir su carrera desde mi IPhone. Pasan el kilómetro 10, el 15, el 25, y el 30. Es hora de encaminarnos a la puerta de Brandenburgo, unos metros antes de la meta de llegada.

Hay mucha gente pero encontramos un buen lugar para ver la llegada triunfal de los corredores. Siempre es agridulce estar en la meta. Hay quienes llegan cansados, pálidos, casi derrotados; y quienes llegan contentos y aún con energía, quienes comparten la llegada con sus hijitos, y quienes se toman la típica “selfie”–aunque usted no lo crea. Después del kilómetro 30 H se separa del trío y viene retrasado unos minutos así que veo llegar a Lalo y Dirk primero. Después llega H, se ve bien, no tan cansado. Grito con todas mis fuerzas para que voltee a verme. Christine también grita; pero H está distraído con un corredor que se desmaya a su lado a tan sólo 100 metros de terminar la carrera. Los maratones son duros. No falta el que se muere en el intento o la que sale en camilla directo a la sala de emergencia. Se requiere mucha disciplina y mucho entrenamiento. Mucha fuerza para combatir los pensamientos negativos que llegan cuando el cuerpo se cansa. Los maratones son para los que no tienen miedo de enfrentar el dolor ni la mente–o rozaduras extremas, ampollas o fracturas de estrés. Celebramos en un biergarten con la especialidad berlinesa currywurst, papas a la francesa, cerveza, y pretzels :)
¡Ahora sí a descansar! Misión cumplida. Cuarenta y dos kilómetros y cachito después de dos semanas de puro paseo. El trío lo logró. Se merecen toda mi admiración y mi respeto.

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. priscila dice:

    faltaron fotos de los corredores :(

  2. Caminato dice:

    Clauuuuuuu, y cuando regresas tu a correr?

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