Aspen, día 1

A veces se juntan las cosas divertidas en la vida. Nunca tienes fiestas y de repente tienes tres el mismo fin de semana. Este viaje a Aspen apenas unos cuantos días después de mis veinte días de vacaciones. Todavía no terminaba de desempacar cuando ya estaba haciendo la maleta de nuevo. Pero qué emoción. Además de pasear, me gustan las conferencias. Ascend, parte del Instituto Aspen, tiene una increíble visión y su trabajo está enraizado en la justicia social y movernos a todos hacia delante.

Salí muy temprano el miércoles, hice escala en Denver y luego luego sentí la altitud cuando corrí para alcanzar el siguiente vuelo—parecía que nunca había corrido en la vida. Pero ya sabía. Ya todos me habían dicho de la altitud, y así me pasa cada que regreso al pueblo donde crecí. Eso de vivir a nivel del mar…

Pensé que Aspen era una ciudad masomenos grande, pero me di cuenta que no cuando me subí al avión y vi que tenía hélices. Espero no haya turbulencias. Confirmé mi sospecha cuando llegué al aeropuerto, y después cuando llegué al hotel. Aspen es un pueblito, bonito. Como de película. Las calles empedradas, sus edificios de ladrillos rojos apenas de un par de pisos, olor a pino y aire fresco, y banquetas con arbustos adornados con bayas invernales. Y de un lado, y del otro lado, las montañas, salpicadas de pinos y árboles amarillos por el otoño.

El paisaje es increíble. Así empezó la conferencia con vista a la montaña, un poquito de sol, lluvia y un arcoiris. Todo prometía a que sería un gran fin de semana—empezando en miércoles. Las fotos nunca le hacen justicia a la realidad de los paisajes, pero tomé muchas de todas maneras.

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Siempre me pongo nerviosa cuando tengo que hablar con gente nueva. Perdí mi habilidad de ser extrovertida en la primaria y ahora soy tímida y rara. Cómo sé que soy pésima para socializar con extraños siempre le echo ganas. Llego a la primera cena-plenaria y escojo un lugar casi hasta atrás, los de enfrente estaban tomados, y me arrepiento casi al instante de haberme tardado esos minutos extra en el baño arreglándome el cabello. Siempre que puedo me siento hasta adelante, y no es pura ñoñez, pero mis ojos se cansan. A mi lado derecho cuatro mujeres que trabajan en la misma oficina, sin necesidad de socializar por lo tanto, y del lado izquierdo una mujer a la que cuando saludo me dice que le duele la cabeza. La peor pesadilla para una persona con ansiedad social que va a un evento multitudinario, sola. Finalmente logro unirme a la conversación de las cuatro mujeres; pero que acabe la hora de socialización, por favor.

Ya casi para dormir me doy cuenta que no traigo líquido para mis lentes de contacto #chale. Como el hotel es micro no tengo esperanza de que haya “tienda de regalos,” pregunto de todas maneras. La farmacia está a cuatro cuadras y cierran en cinco minutos #chaleotravez. Estoy considerando dormirme con los lentes puestos. No puedo esconder la cara de tristeza que enciende algo de simpatía en el amigo de la recepción porque ofrece llevarme en uno de los shuttles del hotel. Y qué alivio. No es de Dios dormir con lentes.

Empieza preguntándome de dónde vengo. Y me cuenta de la vez que fue hace diez años al 9:30—en DC. Recuerda que la zona era tan peligrosa que los mismos del club le dijeron que no se aventurara del otro lado de la calle. Ya no es así, le aseguro, ahora es una zona recién gentrificada, empieza a llenarse de niños fresas. Sigue con la pregunta obligada. “¿Qué vas a hacer en Aspen?”. En la conferencia en la mañana escuché de los jardines de John Denver y del museo de arte, eso le digo, porque no he tenido tiempo de planear el paseo. Yo, por supuesto, pensé que John Denver era el fundador del estado o algo así, pero me doy cuenta que es un cantante cuando me dice que este domingo habrá la reunión más grande de imitadores de Denver en el jardín. En realidad el jardín no es nada espectacular, continua. “¿Quieres que te lleve para que los veas?” Le digo que sí, pero no veo nada porque es de noche. Sigue platicando, y me dice que Aspen es uno de los lugares más caros para vivir. El precio promedio de una casa es de casi cinco millones de dólares. Y todas son segundas o terceras casas. La mayoría de las personas que trabajan en Aspen viven a las afueras, 20 o 30 millas. Me dice que me va a llevar a ver las mansiones de Aspen, y da la vuelta. En este momento despierta la paranoica que llevo dentro. Vamos por un camino de terracería hacia la montaña, no hay iluminación, y no tengo idea de dónde estoy. Al menos las estrellas se ven increíbles.

Me enseña la casa de Jack Nicholson—la acaba de remodelar—y la de Lance Armstrong—que es muy “buen cuate” si no te molesta su consumo turbio de drogas—luego la de John Kerry y la de George Clooney. También me cuenta que los árboles de Aspen (Aspen, es el nombre del árbol) son el organismo viviente más grande del planeta, todos los tallos están conectados por la raíz y se reproducen a través de la misma. Hay partes del organismo que se extienden hasta Utah y Minnesota. Luego lo busco en internet, y tiene razón. Regreso al hotel sin contratiempos, ya con líquido para mis lentes, y caigo en la cama como piedra. El horario de la montaña va en mi contra y fue un día muy largo.

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